Desde mi balcón… #SoneríaQuédateEnCasa

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Noah
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Desde mi balcón… #SoneríaQuédateEnCasa

Un tesoro, dentro de nuestras historias #SoneríaQuédateEnCasa

Hoy, como cada tarde desde hace varias semanas, como en tantos edificios y en tantas ciudades, a las ocho en punto, las ventanas de la calle en la que vivo se han llenado de manos aplaudiendo. Desde hace varios días, además, esas manos saludan en la distancia, se alegran al ver al otro lado de la calle a personas que quizá no conocen, pero con las que están compartiendo emociones silenciosas durante quince o veinte minutos, cada tarde. Antes eran solo sombras en una ventana, pero desde el pasado domingo podemos ver sus caras, el color de su pelo, distinguir su sonrisa… Podemos casi imaginar su voz cantando alguna de las canciones que suenan cada tarde, podemos sentir su calor. 

Hoy, que paradójicamente es uno de los días más tristes de mi vida, ha sucedido algo mágico. Algo que creía que solo pasaba en los cuentos, en esos que se susurran a los niños para ayudarles a dormir. Estaba asomada en el balcón, aplaudiendo a los héroes de esta pandemia, junto al altavoz desde el que cada tarde –algunas con ordenador y altavoz, otras con la guitarra y el cajón– compartimos con nuestros “amigos de las ventanas” algo de música, canciones con mensajes de esperanza, de ilusión, de fortaleza y de serenidad… Ahí estábamos un día más, sintiendo cómo la música repone nuestras fuerzas y nos da energía para afrontar un nuevo atardecer, cuando he visto aparecer ante mis ojos, a escasos centímetros de mi cara, un objeto que me ha costado quizá menos de un segundo –que me ha parecido eterno– identificar. Me he quedado sin reaccionar durante un instante. 

 

Del extremo de una cuerda, que a su vez estaba atada a otra cuerda y esta a otra más, colgaba una bolsa de tela, esas que guardan el almuerzo de los niños en la escuela. Con el corazón acelerado, he extendido mis manos temblorosas hacia ella, al tiempo que, fugazmente podía ver la sonrisa de las vecinas de enfrente. Ellas, a diferencia de mí, habían sido testigos del descenso de esa bolsa desde el extremo más alto de la fachada del edificio y la expectación de quienes la hacían descender. 

 

Al llegar a mí, la bolsa ya no era un trozo de tela colgado de un arnés y varias cuerdas enlazadas; era un hatillo mágico, un mensaje en una botella llegado del mar… Dentro había una hoja de papel doblada por la mitad, con un dibujo hecho a lápiz y unas palabras de agradecimiento escritas cuidadosamente por mi vecino de 5 años, que, ahora sí, me ha costado leer varios minutos, pues las lágrimas me impedían distinguir las letras. La música seguía sonando. Los vecinos seguían aplaudiendo, cómplices de lo que estaba sucediendo. A lo lejos, una señora a la que creo que no conozco y que unos segundos antes me había enviado una docena de besos a la vez que juntaba sus manos en señal de agradecimiento, había dejado de aplaudir y me miraba fijamente; creo que podía sentir mi emoción, igual que yo estaba sintiendo la suya. Me hubiera gustado tanto abrazarla… 

 

Toda la emoción contenida durante estas semanas, toda la tensión y el miedo acumulados, toda la esperanza depositada en la humanidad, todo el presente, el pasado y el futuro han estallado dentro de mí y han comenzado a derramarse por mis ojos. Ha pasado más de una hora y todavía no han dejado de fluir. Quizá había demasiados acumulados y han esperado a salir todos a la vez, para economizar recursos. Tanto me empeño en ahorrar agua que ahorro hasta la de las lágrimas…

 

Hoy, uno de los días más tristes de mi vida, he estado a punto de no salir a la ventana, de no encender el altavoz, de no buscar las miradas de las personas que llenan de cantos esta calle… Pero en el último minuto, quizá cuando esa bolsa de tela ya había empezado a descender, he sentido que debía hacerlo, como cada tarde desde hace casi veinte días. Sin querer, hemos creado una rutina, y en estos momentos en que todos los días transcurren igual y la incertidumbre inunda los hogares, las rutinas se convierten en un kit de supervivencia.

 

Mi vecino tiene solo 5 años y seguro que no sabe que en esa bolsa ha metido mucho más que un dibujo en un papel y unas gominolas. En esa bolsa está la fuerza que mañana volverá a llenar de música y de besos voladores esta calle. Gracias, Noah. Hoy tú eres mi héroe.

 

Sara

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